ASÍ SE MATA A UNA MUJER..

ASÍ SE MATA A UNA MUJER.... Vicente y María habían unido sus vidas con el clásico “hasta que la muerte nos separe”. Para él eran sus segundas nupcias.

El “Hermano Vicente”, como le decían, por su fe católica a prueba de tentaciones, había tenia una retahíla de hijos con la primera esposa, quien falleció.

Pero aquella fila de hijos no le fue suficiente, y con María inició una segunda tanda de chamacos. Apenas se destetaba de un hijo, venía el siguiente embarazo.

Cuando ya la casa se iba llenando de recién nacidos, a doña María le decían que procurara darle pecho a sus hijos por mucho tiempo, pues así podía retrasar un poco más el siguiente embarazo. Era un método anticonceptivo natural, le sugerían, pero, de preferencia, que ya procurara ir “espaciando” los nuevos embarazos.

La enfermera del lugar era más directa: “Ya, Doña Mari, haga favor de planificar, yo tengo cómo ayudarle, vaya usted a la Clínica. Tres hijos eran suficientes, ahora viene el cuarto. Si no es usted coneja para tener tantos”, le dejaba caer sobre sus oídos.

Pero María respondía que su esposo, el Hermano Vicente, no aceptaba la idea de planificar, que porque no eran cosas de Dios.

La enfermera también hablaba con el Hermano Vicente para intentar ablandarle el corazón y le permitiera a su mujer el utilizar algún método anticonceptivo, pero la respuesta del religioso siempre era que no. “Deben venir los hijos que Dios nos quiera mandar”, respondía.

Y así llegaron los hijos número 4, 5, 6, 7…

En el octavo embarazo y alumbramiento la enfermera tuvo una plática muy seria con María y le dijo:

-Mire, Doña Mari, voy a darle estos anticonceptivos; ya tiene usted ocho hijos. Ya no más, por favor. No quiero que se vaya usted a morir. Su cuerpo cuerpo debe descansar.

-Pero Vicente me va a pegar si me descubre, enfermera, y tengo mucho miedo, usted sabe cómo es mi marido.

-Sí, pero no la tiene por qué descubrir; guárdelas, téngalas muy bien escondidas, pero en el caso que la descubra yo voy a asumir la responsabilidad, y voy ir a defenderla, sólo avíseme con alguien que don Vicente la quiere golpear y yo lo voy a golpear a él si es preciso.

Al fin María aceptó tomar los anticonceptivos, hasta que un mal día el Hermano Vicente descubrió el anticonceptivo, y se desató la violencia.

Como lo había prometido, la enfermera llegó a interponer su cuerpo de por medio para evitar la golpiza, y le gritó al macho violento su condición de hombre desalmado.

-Mire, Don Vicente, si en el siguiente embarazo se muere doña Mari, por favor no vaya a llorarle, sino al contrario: traiga unos mariachis para festejar su muerte, porque usted la está matando y al parecer es lo único que quiere: acabar con ella. Sobre su responsabilidad si ella vuelve a embarazarse.

-Está bien, hijita, será lo que Dios diga, respondió, pero jamás aceptó que su esposa utilizara ningún método de planificación familiar, sino siempre recibir los hijos que Diosito les mandara.

El noveno embarazo llegó y, junto al hijo número 9, la muerte de María también. “Hasta que la muerte nos separe”, había sido su juramento.

Que en paz descanse Doña Mari.


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