Mujeres transexuales migrantes buscan una parada segura en Chiapas

Unos 400 kilómetros frontera adentro, en Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, Charlyn Jhonson espera paciente. Entró a México a mediados de marzo, por la frontera de El Petén guatemalteco. Para que la dejaran pasar debió pagar a los agentes migratorios una “cuota” no considerada en la reglamentación. “Me decían que era por el covid, que ya no se podía seguir pasando, no tanto por emigrar, sino por el covid”.



“Estaban haciendo chequeos para saber si no estaba contagiada. Las noticias -sobre la pandemia- las vine a ver ya estando en Tuxtla. Vi que la enfermedad ya se estaba haciendo más viral, más expandible. Me dio miedo. Empecé a tomar medidas, pero ya vez el trabajo… solo estar de la mano de Dios para no enfermarse”.


Por las calles del centro de Tuxtla, semivacías a esta hora de la noche, Charlyn atrae la atención de quienes aún transitan. Patrullas con uniformados pasan una y otra vez; más que vigilar, lo que recorren con la mirada es el cuerpo escrupulosamente trabajado de Charlyn y otras trabajadoras sexuales transgénero.


Para sobrevivir y obtener recursos, algunas transexuales migrantes realizan esa labor, aunque tengan otros oficios y la disposición de realizar trabajos distintos al servicio sexual.


Al igual que a otros sectores, la sociedad les castiga la disidencia y las encapsula para que cumplan determinados roles. Ser transexuales y ser migrante son dos transgresiones que afrontar, a las que se suma la lucha por la sobrevivencia en tiempos de covid.


En Honduras, su país de origen, Charlyn tenía que vivir escondida. Los “mareros” la acosaban y en más de una ocasión la agredieron. Su condición la hizo vulnerable. En México -dice- la vida es otra, “puedo salir al mercado, a las calles, sin que nadie me quiera agredir”.


“Vivir escondida”, literalmente escondida, dormir sin dejar de estar alerta, con el miedo atravesando los sueños, esperando ser agredida en cualquier momento. Eso expulsó a Charlyn de Honduras, su país de origen.


En Honduras, al igual que en El Salvador y Guatemala, países de donde vienen más del 70 por ciento de la migración que pasa por el sur de México, las mujeres trans no pueden dormir tranquilas. La transfobia (discriminación), atraviesa sus vidas a cada instante, pone su existencia en un delgado hilo.


En el informe Sin lugar que me proteja, Amnistía Internacional explica que en los países del Triángulo Norte de Centroamérica, las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexuales (LGBTI) están particularmente expuestas a la violencia.


El informe detalla que en Honduras, de acuerdo con registros de medios de comunicación recogidos por la organización Red Lésbica Cattrachas, 86 personas trans fueron asesinadas de 2009 a mediados de 2017.


En El Salvador, La Asociación Comunicando y Capacitando a Mujeres trans con VIH en El Salvador (COMCAVIS TRANS) reportó un total de 28 ataques graves entre enero y septiembre de 2017; en Guatemala se reporta un promedio anual de 40 asesinatos de personas trans.


Ante este escenario, la única opción es huir y buscar refugio en otros países, y el primero a su alcance, es México, en donde el Alto Comisionado de las Naciones Unidas por los Refugiados (ACNUR) ha pedido al gobierno mexicano considerar de manera especial las solicitudes de refugio de la comunidad trans, por considerar que son “perfiles de riesgo” porque su vida corre peligro en sus países de origen, solo por su identidad de género.


La pandemia, sin embargo, también puso una pausa a las solicitudes de refugio, y ahora Charlyn y el resto de la comunidad migrante trans debe hacer un alto en su camino, y buscar ganarse la vida en el mejor lugar posible.

  • ¿Cómo es el trabajo sexual de una migrante transgénero en tiempo de pandemia?

  • Usar gel antibacterial y evitar muchos roces.

  • ¿Vale la pena el riesgo?

  • Prefiero enfermarme y morir acá, que regresar y morir allá-, responde sin titubear, con actitud propositiva.

Después de recorrer unos 400 kilómetros, Charlyn llegó a la capital de Chiapas. Ya había escuchado que, en esa ciudad, vivía una activista transexual, Tevea, quien había creado comunidad. Sin problema, encontró en su viaje una parada segura.


Tevea rompió estigmas, esquemas, moldes y hasta destinos. Paso a paso, fue logrando transformar su vida, su cuerpo, su realidad y la de cientos de personas. Nació hace ya más de 4 décadas, en una colonia popular de la capital de Chiapas.


Nació como niño, pero a los pocos años tuvo una clara autodefinición que le llevó a la conciencia de los roles sociales, y a una lucha por cambiar esas asignaciones con las que no se sentía cómoda. Hace poco logró cambiar no sólo su cuerpo, sino su nombre; ahora porta una identificación oficial como Norma Dilery Sánchez Magdaleno, aunque sigue nombrándose asimisma como Tevea, su primer nombre femenino autoasignado.


En su camino de autoconstrucción se hizo activista y una conocedora de los derechos sexuales. También hizo buenas relaciones con personas defensoras de los derechos humanos, con personal médico interesado en detener la propagación de enfermedades de transmisión sexual, con autoridades municipales preocupadas por detener la violencia en las calles, con personas que buscan tener incidencia política entre grupos vulnerables. Hizo alianzas e hizo comunidad.


Atrás quedaron aquellas noches en las que autoridades y personas que cuestionaban la transexualidad y el trabajo sexual, las perseguían por las calles y ellas tenían que esconderse “hasta arriba de los árboles”.


En la esquina de la Tercera Norte y Segunda Poniente incidentes no faltan, pero en tiempos de pandemia, el lugar fue fortaleciéndose con decenas de mujeres migrantes transexuales que buscaron la forma de protegerse.


“Ya estamos saliendo de la enfermedad, ya empieza a moverse la economía”, explica durante una de las noches, mientras hacen una pausa para repartir despensas que les hizo llegar una organización social. Cae un poco de lluvia, hay poco trabajo en las calles.


Algunas de las mujeres llegan contando que otras migrantes con familia no han conseguido trabajo, que hay niños, que hay hambre. Juntas deciden mandar algunas despensas a esas familias.


“Para nosotras el sustento para el cuerpo, también es sustento espiritual, porque al tener tu la comida, al estar bien comida tienes ganas de trabajar, buscar empleo, hacer algo útil hacia la sociedad, hacia la vida”, asegura Tevea.


Michel Alejadra acaba de regresar de Honduras, fue a sepultar a su hermana víctima de feminicidio, y viene con ella una amiga suya que escapa también de la violencia feminicida. Hablan de cómo conseguirle un trabajo que no sea el sexual.


Dos semanas después, la amiga de Michel Alejadra aún no había logrado conseguir un empleo, ha tocado varias puertas, y en todas, la respuesta ha sido la misma: no hay trabajo para mujeres migrantes que no hayan entrado al país de forma regular; y cuando lo hay, los salarios apenas alcanzarían para cubrir los gastos de arrendamiento.


Algunas, como Dis-Miari, durante la mañana laboran barriendo las calles, y por las noches, ocupan un espacio en la esquina de la Tercera Norte y Segunda Poniente. Ella lamenta no poder tener un mejor empleo, estudió diseño de modas y no ha logrado vivir de su talento.


El maquillaje intenso, los labios rojos, las cabelleras brillantes, los portes erguidos, no logran ocultar los dejos de tristeza y los ojos que se tornan acuosos, cuando hablan de sus duelos, de los sueños rotos.


Con información de: El paralelo

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FSUR

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