¿Voyerismo o acoso? Fotografiar mujeres sin su consentimiento

Rodrigo Daniel H. Medina

Cuando mi colega, Eduardo, me invitó a escribir para este espacio, vinieron muchos temas a mi cabeza. Había decidido reflexionar sobre las estrechas relaciones, a veces combativas y a veces tensas, entre homosexualidad y feminismo. Sin embargo, ayer por la noche vi alarmadas a mis hermanas por una denuncia publicada en redes sociales y decidí redactar un nuevo texto al respecto.



El caso se trataba de un post en el que una página feminista guanajuatense exponía una cuenta de Twitter que se dedica a “admirar la belleza femenina en las calles” bajo la bandera del voyeurismo. Esta cuenta publica diariamente, al menos, ocho fotografías de mujeres que transitan por las calles del municipio de Acámbaro, en el estado de Guanajuato.


El supuesto voyeur[1] captura, sin consentimiento y a una distancia extraordinariamente corta, partes del cuerpo específicas de las niñas, jóvenes y mujeres adultas que expone. Las imágenes no son solamente tomadas por el dueño de la cuenta, pues algunos de sus 9 933 seguidores le envían “aportes”, en algunos casos, incitando verbalmente a la violencia sexual hacia las mujeres retratadas. Sin embargo, la autoadscripción de la cuenta como “voyerista” supone varias problemáticas.


Foto: Rodrigo Daniel H. Medina.



El voyerismo o voyeurismo, refiere a una serie de patrones de comportamiento sexual donde el placer se obtiene a través de observar a otra persona o grupo de personas en situaciones concretas. En 1952, la psiquiatría clasificó al voyeurismo, siguiendo las aproximaciones dominantes en la ciencia del siglo XIX, como una “desviación sexual”. Posteriormente, en 1968 lo categorizó como un “desorden de la personalidad”, pero en ambos casos esto produjo discusiones sobre las formas en que los hombres miraban, o no, a las mujeres[2].



No obstante, con el paso del tiempo esa palabra se volvió una categoría de la cultura popular cuyo uso creció ampliamente potencializado por programas de televisión como Big Brother, sitios web, películas y redes sociales. De hecho, el experto en Comunicación de la Universidad de Pensilvania, Clay Calvert, refiere en su libro Voyeur Nation: Media, Privacy, and Peering in Modern Culture, que la cultura contemporánea ya no define al voyeurismo como una psicopatología sino como un placer culpable del que todos disfrutamos en el mundo digital[3]. Esta situación, entonces, recuerda la pregunta lanzada por Marta Lamas hace poco tiempo sobre quién debe definir lo que es correcto sexualmente[4].

¿Esa responsabilidad recae en el Estado, en los diputados, los grupos religiosos, los feminismos, las empresas, los médicos o los psicoanalistas?

Efectivamente existe una suerte de obsesión por el consumo masivo de información sobre la aparentemente real y descuidada vida que “los otros” exponen en el mundo social digital. Sin embargo, esta difiere indiscutiblemente de la amenaza que supone la exposición con fines sexuales del cuerpo de las mujeres sin su consentimiento, porque, precisamente, ese arrebato violento de la privacidad es la fuente de excitación voyerista. Sin embargo, legalmente es difícil definirlo como una violencia sexual y, cuando existen denuncias, se castiga levemente como intrusión en la privacidad, disturbios a la paz o sospecha de robo.


¿Por qué, entonces, si es una conducta sexual más o menos aceptada produce miedo?

Para entender esto, vale la pena regresar a mi anécdota inicial. Cuando la página comenzó a compartirse entre la comunidad acambarense, a la preocupación, indignación, miedo y rabia de mis hermanas se sumó prontamente la de mis primas, tías, sobrinas, amigas y muchas mujeres más que inmediatamente temieron aparecer ahí en cualquier momento.




El temor de ser expuestas se vio maximizado por la consternación que ha producido la violencia cotidiana que enfrentamos los guanajuatenses que, además, recrudeció terriblemente en el mes de julio de este año. Es decir, la amenaza sexual implícita en el acto “voyerista” se incrementó por la ola de asesinatos, secuestros, robos y violaciones derivada de la lucha territorial entre el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel Santa Rosa de Lima y la Unión León.


Dichas disputas territoriales, signadas en términos de una masculinidad violenta que asume como propio un espacio y a su gente, codifica este acto “voyerista” como una posible fuente de información sobre las mujeres de esta ciudad para cualquier hombre con armas y poder que desee acceder a ellas. Entonces, esto de ninguna forma es voyerismo, es acoso.


Rodrigo Daniel H. Medina

[1] La palabra voyeur, refiere a la persona que encuentra excitación sexual mirando a otras personas. [2] Jonathan M. Metzl, «Voyeur Nation? Changing Definitions of Voyeurism, 1950–2004», Harvard Review of Psychiatry 12, n.o 2 (2004): 127-31. [3] Clay Calvert, Voyeur Nation: Media, Privacy, And Peering In Modern Culture (Basic Books, 2009). [4] Marta Lamas, Acoso: ¿Denuncia legítima o victimización? (Fondo de Cultura Económica, 2018), 117.

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